Entre Puno y Cusco: entre rieles y ruedas

Paul Theroux es un exitoso y algo cínico novelista y escritor viajero norteamericano, cuya especialidad consiste en emprender largas rutas en tren por todo el mundo y luego relatarlas en libros que se venden por millones. Sostiene Theroux que la esencia del espíritu viajero está en hacerlo en tren, pues el tren es un microcosmos que se mueve por sí mismo, como un sistema de vida sobre rieles. No sabemos si Theroux haya tomado o no el tren Orient Express que une Cusco con Puno en diez horas, pero si no lo hizo aún, le falta una experiencia esencial. La ruta ya fue catalogada como una de las diez mejores del mundo por la revista Wanderlust, uno de los más serios referentes viajeros de Europa: “Valles, montañas e iglesias coloniales hacen camino a través del altiplano antes de que picos nevados anuncien que el tren alcanzó los 4.312 msnm. La vía desciende luego a través de pequeños pueblos y pastos ondeantes antes de alcanzar las costas del Titicaca…”.

La partida, puntualísima, del tren, es a las ocho de la mañana, desde la vieja estación cusqueña de Wanchaj. Nos alegra saber que nos acompañará un día soleado: el tren cuenta con un vagón panorámico desde el cual las imágenes que se nos abren imaginariamente, de la naturaleza y los pueblos, vienen con grandeza.

Los vagones del antiguo ferrocarril han sido restaurados, rescatando su aire finisecular con buen gusto y comodidad. Un pisco sour tempranero, suave en apariencia, seco, nos entona y nos seguirá entonando por varias horas más, gracias a la cordialidad del gran barman Wilber. Estamos en la Clase Inka, y descubrimos que nos acompañan gentes de todo el mundo. Vemos familias completas, padres e hijos adolescentes y de pronto se nos hace claro que el Perú es también perfecto para este tipo de viajes familiares, donde todos disfrutan de algo específico. Hay también una clase backpacker, a muy buen precio y con la misma vista del camino.

LA OBSERVACION DE LO IMAGINADO

Gran parte de la ruta va en paralelo al río Urubamba y a la nueva carretera. Salimos por Saylla y sus chicharronerías y más tarde aparece la laguna Huacarpay, con las montañas duplicadas en sus aguas tranquilas. Estamos en zona conocida, recordamos haber visitado muchas veces lugares próximos como el centro inca de Tipón, el pueblo de Oropesa y sus panes olorosos, Andahuaylillas y su templo preñado de frescos y murales; Huasao, pueblo de brujos; Urcos. En este punto debemos elegir entre observar directamente el paisaje o remontarnos con la mente a todo lo que la ruta nos está sugiriendo, y nos quedamos con lo primero, pues el regreso, que será en bus, nos permitirá detenernos en lugares concretos. Ahora, dejemos las cosas como vienen.

A medida que vamos subiendo hacia la puna ralean los pueblos y caseríos y se impone el paisaje de pastizales planos bajo un Sol nítido. Estamos por llegar a La Raya, el límite entre los departamentos de Cusco y Puno, donde nace el río Urubamba y el punto más alto de la ruta: 4312 msnm. En este lugar el tren se detiene por unos minutos para que los pasajeros hagan sus compras, pues aquí se concentran artesanos para ofrecer sus tejidos, cerámica y sus joyas post hippies.

La entrada a Juliaca -ya con varios pisco sour entonándonos- es una alucinación. Como sabemos, el dicho popular consigna que “mientras Puno danza, Juliaca avanza”, en alusión a la inagotable capacidad juliaqueña para micro comercializar todo lo imaginable. Pues bien la vía del tren cruza uno de los tantos mercados de esta ciudad -que es un mercado gigantesco- y cuando entra el dragón de fierro con su chacachaca y su sirena, centenares de puestos de ambulantes que estaban tendidos sobre la vía, se levantan por unos minutos, antes de volver a armarse con un bullicio humano que parece oriental, el sonido de la compra y de la venta de jabones, equipos de música, hierbas curativas, computadoras, comida, ropa usada, ropa nueva, espejos, discos, autopartes, zapatos, cartomancia, bicicletas, lo que sea, apenas diferenciado por billares ambulantes y canchas deportivas para armar y desarmar. Los pasajeros extranjeros pierden el habla ante el espectáculo de este mundo que no cesa de vivir ni un solo instante y nosotros, que somos parte de él, también quedamos fascinados: no es solo una estética la que nos impacta: es, sobre todo, la evidencia de la vitalidad.

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