UN VISTAZO AL CAÑON DEL COLCA

” Durante casi dos siglos no se supo nada de este rincón de la altura. Aparecía en los mapas, pero todos lo ignoraban. ¿Quién podía imaginar, entonces, las maravillas ocultas en ese punto remoto del mapa DEL PERU? Pero un día
todo cambió. Un par de hombres osados y aventureros sobrevolaron la zona y quedaron absortos ante el mágico paisaje que se revelaba ante sus ojos. El Cañón y el Valle del Colca -a 165 kilómetros de Arequipa (2350 m.s.n.m.)- eran, al fin, redescubiertos ”
El Cañón de las Maravillas

E mprendieron el viaje tragándose sus miedos. Condición indispensable para animarse a volar a finales de los años 20′ del siglo pasado, más aún, cuando se pretendían sortear las temibles montañas de un paraje ignoto, que ellos, Robert Shipee y George Jonson, aviadores y fotógrafos, capaces de engullirse hasta el último de sus temores, bautizaron como el “Desconocido Valle de los Incas”.

La seducción fue inmediata. El paisaje que se revelaba bajo sus ojos era espectacular: hermosos nevados, muchos de ellos volcanes dormidos como el Coropuna (6425 metros) o el Ampato (6310 metros); un imponente cañón de peligrosa belleza y cimbreante recorrido (casi 100 kilómetros); y admirables terrazas cultivables de origen pre- inca.

Impresionados por las maravillas descubiertas desde el aire, decidieron regresar al año siguiente, con la intención de fotografiarlo todo, pero ya no desde la incierta comodidad de un avión, sino recorriendo difíciles y extenuantes caminos de herradura. Nuevamente se tragarían sus miedos, aunque ahora tendrían los pies bien puestos sobre la tierra.

El esfuerzo valió la pena, porque aquellos hombres llegados desde muy lejos, lograron medir el imponente cañón del Colca; y no es por exagerar, pero seguramente ambos brincaron de alegría -pero no al filo del abismo porque un resbalón lo tiene cualquiera- al comprobar que era más profundo que el Cañón del Colorado en Estados Unidos, en ese entonces el de mayor profundidad del planeta.

Y si bien esta conclusión es discutida en círculos científicos, es inobjetable para los pobladores del valle, que se inflaman de orgullo a la hora de contárselo a algún turista; pero lo que no está en discusión es la imponencia de este cañón de 3400 metros de profundidad, que fue esculpido sobre las faldas del volcán Chachani, por la persistente corriente del río Colca, el más largo de la costa.

El cañón -localizado en la provincia de Caylloma, a 165 kilómetros de Arequipa, la segunda ciudad en importancia del país- es gigantesco, grandioso, magnificente, un auténtico coloso de la naturaleza que nos hace sentir insignificantes, apenas un punto en el escenario del mundo.

Al lado de esta “profunda herida” en la corteza del planeta, existe un valle riquísimo habitado desde tiempos inmemoriales por collaguas, de origen Tiahuanaco (cultura prehispánica del altiplano) y cabanas, de raíces quechuas. Ambos grupos humanos tuvieron un admirable dominio de la ingeniería agrícola.

Ellos son los brillantes creadores de las 8000 hectáreas de andenes (terrezas cultivables) que rodean los cerros y taludes del ruidoso cañón; además, de un perfecto canal de irrigación que sigue humedeciendo las chacras y los campos sembrados de papa o quinua, dos de los principales productos agrícolas del Ande.

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